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El
corazón contento.
Por Héctor Márquez |
Fue un buen día de protoinfancia –perdón
por lo abstracto, pero no tengo tan buena memoria– cuando
abrí los ojos al recuerdo: allí estaba mi madre, cantándome,
con una voz hermosa y de cristal que no le he vuelto a escuchar
nunca. Durante años me avergonzaba reconocer en los cimientos
de mis emociones aquellas palabras que me decía. Frases envueltas
en el celofán de unos sonidos que se pegaban al espinazo
con una sacudida. Con los años llegaría a admitir
que no era ella la única que tenía el corazón
contento, el co-razón contento, lleno de alegría.
Y de aceptar con rabia que tampoco yo era primera persona en ser
lo más lindo de la vida de nadie, ni de ella siquiera. Pero
para cuando ése día llegó, ya resonaban aquellos
sonidos con absoluta fidelidad en la recién estrenada biblioteca
de mi memoria como un fabuloso hilo musical.
Y eso era más que suficiente.
Abrir a escondidas la maleta azul que guardaba el tocadiscos Cosmo
monoaural y ver cómo salían sonidos de ese círculo
redondo vino más tarde. Enamorarse de Marisol también
anda por ahí. Claro que yo desconocía entonces que
éramos legión los que sentíamos igual estremecimiento
cuando esa niña de ojos claros movía la mandíbula
a los lados mientras cantaba a quien quisiera escucharla lo mismo
que mi madre a mí. Los discos de Woman y Superman de Barrabás
que tenía mi vecino Juanito, el que me enseñó
a dibujar y amar los cómics, también es de archivos
más recientes. Y Strangers in the night y el viejo disco
pequeñito de El Tercer Hombre. Y el asombroso picú
de mi tío Pepe al que le pedía que me pusiera Una
noche en el monte pelado. Y la película de Los Bravos en
el cine Cayri y los hombres con pelos largos que salían en
la tele. Todo eso fue llegando poco a poco. Como mis primeros discos
comprados de Pink Floyd y Santana (¡esa mulata de Abraxas!).
O la primera vez que escuché Daniel de Elton John en la casa
de Félix y su Dual Bettor estereofónico. Nunca le
confesé a Félix -entonces no lo sabía- cuánto
me ayudaron aquellas tardes a aprender a estremecerme en compañía.
Hemos llegado a los ojos de Elisa Aurioles: también suena
una canción a su alrededor. Estamos cerca del Escorial, con
el colegio. A mí no me cabe en el pecho ya el corazón
que mi madre tenía contento. Los ojos de Elisa brillan mientras
sonríe y la música suena muy fuerte. Albert Hammond
suena en todas partes con una versión de Échame a
mí la culpa. Juan Carlos, que es de octavo, de los mayores,
se la sabe a la guitarra. Y se la canta a Elisa que sólo
le mira a él.
Era su forma de decirle que era lo más lindo de su vida.
Yo quería decirle lo mismo. Me habría subido a lo
alto del águila ésa del Valle de los Caídos
donde nos llevaron los curas, para gritar y cantar que allá
en el otro mundo en vez de infierno encuentres gloria y que una
nube de tu memoria te vuelva a mí.
Sí, ése soy yo, hace 24 años. Casi me doy lástima,
tan enamorado y desarmado. Cada vez que ese chaval escucha la canción
le caen dos lagrimones tremendos. No sabe tocar la guitarra. No
puede decirle a esa sonrisa luminosa que cada vez que suena su canción
él sólo piensa en que quizá en el otro mundo
ya sepa decirle algo. La misma canción atravesaba de manera
diferente a tres personas a la vez. Y quizá ellos dos, que
vivían lo que más deseaba aquel chaval de trece años,
ni siquiera la recuerden.
Pasaron los meses. Aún no me había curado de tanto
estremecimiento. Una tarde escuché a un hombre con voz achulada
hablar de música por la radio. Hablaba de Syd Barret, el
primer líder de Pink Floyd. No sé lo que dijo, pero
parecía saber muchas cosas y haber vivido varias de las que
entonces a mí me preocupaban. Luego vi a aquel hombre más
veces en la tele y lo escuché más veces por la radio.
Era uno de esos tipos que decían lo que pensaban. Uno de
ésos que no le gustaban a mi padre y quizá por eso
me gustaba a mí más. Me hubiese gustado preguntarle
qué hacer para que cada canción que me estremeciera
no me hiciese llevase a reventar por dentro imaginando a Elisa Aurioles,
a Nuria Scheneider, a Natasha Romanova, a Pili Moro, a Montse o
a Sagrario. Él me respondía con canciones e historias
de canciones. Quizá ésas canciones y esas historias
fueron el bálsamo y la respuesta mejor para aprender a convivir
con tanto volcán adolescente.
Al pasar los años -vamos a dejar estas salas de archivos
para otro día, tú tendrás tus propios hilos
musicales- me encuentro con aquel hombre de la radio. El de la voz
achulada. Eso es hace muy poco. Han pasado muchas canciones. Le
he dicho que si quiere acompañarme para que él y otros
como él que tampoco le hubieran gustado a mi padre y a los
que yo escuchaba o leía hablar sobre canciones y emociones,
nos cuenten a qué suenan las habitaciones donde sólo
uno tiene acceso. Cuál es su corazón contento. Dónde
guardaron el zafiro de su aguja y el viejo picú. Si volvieron
a ver a Elisa en un concierto de Bloque e Iceberg y ni les saludó.
Si entendían las letras que Bernie Taupin le escribió
a Elton John y sabían de qué hablaba Daniel.
Me han dicho que sí. Así que hemos llamado a unos
colegas para que nos cuenten la música. La suya. Tal vez
la tuya. Es lo mismo. No es que se emocionen más que tú
y yo. Sólo que quizás les gustó tanto que su
madre les cantara cosas con voz de celofán y les turbó
tanto no poderle cantar a su Elisa Échame a mí la
culpa que dedicaron su vida a hablar de ello.
Quién sabe. Yo me he quedado mucho más a gusto desde
que te he contado esto. Ahí, al fondo, sigue mi madre cantando
con la voz más hermosa cada día. Y Elisa sigue sonriendo.
¿Sabes lo mejor de todo? Tengo el corazón contento.
Málaga. Otoño de
2000.
Héctor Márquez
Director del ciclo La Música
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