Y va el Jagger y suelta...
Por Diego Manrique

¿Es posible que un puñado de personas adultas se pasen tres horas
soltándose títulos -y fragmentos- de canciones de hace veinte, treinta, cuarenta años? Es posible y todavía tengo telarañas de la resaca para demostrarlo. Ocurrió que estábamos en la barra de una cantina mexicana y el tequila desata la memoría sentimental. Al menos, eso aseguraba uno de los reunidos.

Vale, vale. Es justo desconfiar de unos colgados que deciden iniciar el fin de semana mezclando rancheras de José Alfredo Jiménez con boleros de Bola de Nieve, enfrentando a Caetano Veloso con Van Morrison, disparates de ese calibre. Asi que hago intervenir a una persona de mayor respeto. Mismamente, Mick Jagger.

Ya sabes que Mick huye de la nostalgia como de la peste. Enciendes una grabadora y compruebas como desecha el pasado para lanzarse a venderte su disco en solitario, su página de Internet dedicada al cricket, sus producciones cinematográficas. Pero uno puede arriesgarse y preguntarle por la b.s.o. de su vida y, vaya, entra al trapo:

"La cosa de las canciones es que te llegan en un momento dado de tu vida y las recuerdas por eso. Las películas no tienen el mismo impacto, son demasiado largas. Pero una canción de tres minutos te puede recordar algo muy especifico: unas navidades, un verano, una historía de amor, lo que sea. Hay gente que me dice: 'yo perdí la virginidad mientras sonaba tu "Beast of burden"'. Bueno, gracias por compartir esa información, es....ah, muy
interesante. Obviamente, esas canciones entran a formar parte de la banda sonora de tu vida. Y eso es lo que te identifica con una canción, lo que te hace pensar que es lo mejor que has oido nunca".

A continuación, Mick se calla y pone cara de "next question": obviamente, no va a ser tan pardillo como para compartir canciones (es decir, intimidades) con un desconocido. Eso queda para viciosos del vinilo, para paladeadores de experiencias ajenas, para exhibicionistas de erudición musical, para almas perdidas en las ondas radiofónicas. Para gente como tú y yo.

DIEGO A. MANRIQUE

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