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Lo único eterno son las canciones.
Por Bruno Galindo |
Lo único eterno son las canciones. Son lo único que no te defraudará jamás. ¿Acaso no se merecen que se hable de ellas? ¿De qué hablamos si no hablamos de música? Está bien… seré razonable… de acuerdo: están aquellos temas de los que se habla en las canciones… Lo divino, lo humano, la vida, la muerte, el amor, el desamor... Pero para mí eso es música. Para mí la música es eso. A lo que voy: mientras las altas instancias, anónimas y colectivas, responsables de que algo se reconozca o no como cultura popular, sigan sin considerar obligatoria para la realización vital del individuo la escritura de al menos una canción –ya conocen los otros deberes: el hijo, el árbol y el libro-, en esta vida sólo tenemos La Música Contada. Que no es poco.
Hablen con el músico que tengan más a mano. En vez de preguntarle, escúchenle. Verán qué rápido le cuenta lo que, como por efecto de un extrañísimo consenso, rara vez se le consulta: de dónde salió aquella canción. Cómo. Para qué. El éxito de La Música Contada –un éxito que puede reconocerse en función de su cierta veteranía, de la cantidad y calidad de ponentes que ha recibido en estos años, por su popularización en otras ciudades-, ese éxito, digo, demuestra la trascendencia de esa pregunta o mejor dicho de preguntas que, por resumir, yo reuniría en el por qué de la música. “Escribir de música es como bailar de arquitectura”. Pido perdón por la enésima reproducción de la frase de Zappa a propósito del ejercicio de la crítica musical. Pero quiero observar aquí que el buen Frank dejó fuera la actividad de hablar de música. ¿Acaso porque eso sí le atañía a él, como músico? Y a todos nosotros, insisto. Yo le debo mucho a La Música Contada: una presentación editorial inolvidable de mis “Vasos Comunicantes” hace algunos años, el contacto con la gente, la oportunidad de redescubrir una de mis ciudades favoritas, nuevos amigos… Y ahora, algo más: la oportunidad de aportar un trabajo (que sólo estará justificado si a ustedes les gusta) introduciendo en el ciclo, en calidad de coordinador o comisario, a tres artistas invitados. Les presento rápida pero respetuosamente, asumiendo que ustedes ya irán a sus fichas biográficas y que consultarán la cartelera. Conocí a Paul Collins en un bar, siempre el mismo, en una calle madrileña en la que yo vivía y él tenía su propia coctelería. Ahí nos hicimos buenos amigos y pasamos muchas horas juntos, uno a cada lado de la barra. Nunca olvidaré esos blasts, zombies y manhattans que me preparó mi vecino Paul. Ni las historias de la época del CBGB neoyorquino que me contó. A veces sacaba la guitarra. Sólo a veces. Me alegró enormemente que, hace unos pocos años, esa guitarra volviera a ser su compañera inseparable. Y me hace aún más feliz invitarle, en nombre de La Música Contada, a que comparta con el público de Málaga algunas de esas historias. Y sus mejores canciones. Andy Chango es uno de los tipos más entrañables que conozco. Le conocí a él muy poco después que a sus canciones. Y todo cuadró. Escribo estas líneas apenas unos días después de verle en una de sus habituales actuaciones en un club madrileño: tengo en mi cabeza la imagen de darme la vuelta y mirar al público, y descubrir que todo el mundo sonríe. Andy no es sólo un excelente pianista y compositor, sino uno de los tipos más generosos que conozco. Esta apreciación no va al ego de la persona, sino a la justa descripción de sus talentos como artista. Lo entenderán cuando le vean en vivo. Jordi Costa es un gran periodista, y lo es desde hace mucho tiempo. También es el raro protagonista de un doble fenómeno nacional: talento y coherencia, y reconocimiento de los mismos. Su territorio no es sólo uno: merece la pena escucharle cuando habla de cine, música, literatura, arte… Intérprete de las nuevas cotidianeidades del mundo posmoderno, sabe señalar la fenomenología que anida en los intersticios de géneros y formatos. Su fuerte es –o eso nos ha hecho creer a todos– su muy personal capacidad decodificadora de una cultura pop elaborada a pesar –mejor dicho: a partir de– elementos de distorsión propuestos o impuestos por nuestra peculiar historia patria. Quien haya leído su Vida mostrenca (aunque ya ha llovido desde aquellas columnas recogidas después en un libro) sabe a qué me refiero: cuando habla de cultura basura o de basura cultural, Jordi diferencia el grano de la paja. No sé si le conocí antes por amigos comunes o compartiendo páginas en revistas y suplementos. Lo que tengo claro es que él estaba ahí antes de que todo el mundo hablara de frikismo y bizarría.
Toda mi gratitud a Héctor Márquez y todo mi respeto a los invitados, y también a los que han venido antes y a los que seguirán viniendo después a hablar de música y de canciones. Que para eso son lo único eterno. Lo único que no nos defraudará jamás.
Bruno Galindo
Madrid/Málaga, octubre de 2007 |