La Música Contada o el Cuentamúsicas
Por Santi Alcanda

Guillermo Fesser de Gomaespuma ha redundado como gracieta radiofónica en que los seres humanos, cuando nos estamos muriendo, con los últimos hilitos de aire que apenas riegan nuestros cerebros, vemos pasar por nuestra mente agonizante nuestras vidas resumidas en diapositivas. Pregunta: ¿Y llevan músicas esas filminas postreras de nuestra biografía? Esta es la cuestión que nos convoca al escribidor y al  lector de estas líneas.

La Música Contada, una conferencia vital, filosofal al uso ingeniada por el escritor, periodista y amigo Héctor Márquez para tardes históricas de Málaga, ha puesto en tal brete a artistas, músicos, actores o pintores, periodistas, políticos y otros cerebritos de la cultura española. De Iñaki Gabilondo a Martirio, de Joaquín Sabina o Alaska a Gabino Diego, uno a una, una a uno, han revuelto sus entrañas, su memoria emocional, y han confesado sus secretos cancioneros. Sí, una canción vale más que mil palabras o mil imágenes. Su vida en diez canciones, oiga. ¿Cómo lo ve? ¿Cómo lo oye?

De cómo una canción puede arañarte tanto el corazón. Más allá de la canción que sonaba el día del primer beso o que se canturreó hasta la saciedad durante le primer viaje fin de curso... Además de éste, otro artículo urge. Sobre la figura de Hilario Camacho. Hace unas semanas que le hemos perdido y no puedo escuchar sus discos. Suena Final de viaje. Me acongojo y lloro. Estoy enfadado con él. No puedo oírle. Canta como Dios. Canta negro, canta latino, canta de verdad. Canta lo que padece. Estremece. Este arquitecto de sueños era muy grande...

... Flashback. Verano de 1981. He conocido a Hilario gracias a mi amigo Fernando Sancho, teclista y arreglista de “La mirada en el espejo”, álbum a punto de publicarse y que se ha grabado en los estudios del productor Joaquín Torres en Parquelagos, a las afueras, al norte de Madrid. Punto de partida del recuerdo sentimental. El corazón riega y riega y los recuerdos empiezan a brotar como setas en otoño. Hilario que fue al mismo colegio que yo. “¿Te acuerdas del Rufino? ¡Vaya cura!” Hilario con mis padres y mis hermanos comiendo en casa, como uno más... Hilario en mi primer programa radiofónico, mi primera entrevista radiofónica... Le pregunto: “Mientras sonaba James Taylor fuera de micro me decías que tenía que ser un pelín más incisivo... Bueno, pues, (sin saber qué preguntar en esa dirección)... Hilario... ¿por qué eres tan bajito, Hilario?”. Y el tío, muy en su sitio, va y me contesta: “Bueno, eso no es ser incisivo... eso es ser un hijo de puta...” Y venga recuerdos, y venga más diapositivas, más ecos de voz, más canciones... Será posible. Tres acordes, una melodía y todo lo que arrastra...

Más de veinte mil discos, vinilos o cedés, me rodean, me vigilan, me acosan en esta casa. Del garaje a la buhardilla. A veces no quiero ni mirarlos. No vaya a ser que un millón de imágenes, de notas y de voces se abalancen sobre mí, abigarrados, sin orden ni concierto. Ahora lo sé. He sentado cátedra. Doctorado en Cuentamúsicas. Podría impartir tres y cuatro horas diarias hasta el fin de mis días. Charlas magistrales o batallitas del abuelo a gusto de los oyentes. Una sola cancioncita y me disparo. Nos gusta tanto hablar de nosotros. Claro, habrá quien piense que no tiene nada que contar. Yo lo cuento todo, con especial atención a los instantes más ridículos y absurdos. Por ejemplo, If You Love Somebody¸ primera canción de Sting en solitario tras su período de éxitos con The Police. Mayo de 1985. París. Entrevista de media hora en su hotel. Me distraje en una tienda de discos, pillé un taxi a todo correr y llegué veinte minutos tarde. Al llegar, el careto todo rojo del sofoco, Sting me miró circunspecto. Sólo me concedió los diez minutos que restaban. Una canción, una historia.

Ahora, no sólo los conferenciantes nos descubren puntos de vistas nuevos sobre las canciones seleccionadas. Las mismas canciones nos rebelan pensamientos y sentimientos inauditos de los propios personajes narradores. La Música Contada desnuda al Cuentacanciones. Durante La Música Contada, podemos advertir en el Contador de Canciones un mundo interno indescifrable en las entrevistas habituales que leemos, oímos o vemos en prensa, radio o televisión. Esa mirada al techo, esa manera de tamborilear con el rotulador, mientras suena una de las diez canciones de su vida... Ese comentario al margen... Nos pueden decir del personaje mucho más incluso que los silencio de Jesús Quintero. ¡Joder! ¡Cómo mola! ¡Antonio Escohotado elegió entre sus piezas favoritas Willin’ de Little Feat! Desde que me enteré, este tipo tan peculiar, este filósofo nuestro me cae aun mejor.

Canción a canción los oyentes que acudimos a La Música Contada empatizamos con el interlocutor. O nos abatimos. Simpatía y compasión (que, al fin y al cabo son la misma palabra). Sorpresa. Alegría o decepción. Aceptación o rechazo. “Ya sabía yo que me iba a identificar con esta tía”, nos decimos tras escuchar los tesoros ocultos musicales de Christina Rosenvinge.  O ¿Cómo diablos le puede gustar este castañazo de tema a este tío? No quedamos indiferentes. No cuando se confían emociones, algo desgraciadamente inusual en los grandes medios de comunicación que dominan y manipulan y atolondran al gran público occidental.

Héctor Márquez, como yo, pertenece a la generación de adolescentes de los años setenta, cuando la música no rivalizaba con los dos únicos canales de TVE, ni con videoconsolas, ni con Internet. Los chavales nos reuníamos en casa de uno y nos intercambiábamos discos y los escuchábamos horas y horas sin dejar de rajar del entusiasmo. Esto también reside en La Música Contada. Aunque la autobiografía del Cuentamúsicas no nos llegara a interesar, siempre queda la magia de compartir impresiones sobre algo que estamos escuchando juntos.  Por eso, La Música Contada ha cobrado mayor mérito y valor, ahora que a la Radio Musical en España le ha dado por matar la palabra.

SANTIAGO ALCANDA

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